domingo, 28 de junio de 2009

Apostillas a El Ocaso del Invierno


Esta entrada es un poco especial. Voy a aclarar algunas cosillas relacionadas con este blog, sin hablar en concreto de los temas habituales aquí publicados. Realmente son tonterías, pero me lo voy a tomar como un paréntesis en las entradas que voy escribiendo.

En primer lugar agradeceros a todo los que me visitáis, y estáis pendientes de las nuevas entradas. A los que leéis pacientemente los artículos, a veces tan largos, y me dejáis vuestro respetuoso e interesante comentario (los que puedan, porque me consta que algunos no podéis). Esas cosas son las que gratifican de verdad, que alguien se interese por lo que creas, por lo que haces, que dedique una parte de su tiempo a leerte. Gracias!!!

Bueno, tras el agradecimiento obligado y de rigor, para quedar bien, voy a hablar un poco sobre el verdadero motivo de este anexo: Os habréis fijado que muchos de los artículos publicados tienen la letra de su parte final reducida, o de otro tipo, y quisiera que supierais que esto no lo hago yo, cuando le doy a “publicar”, me aparece así. No me gusta, porque rompe la armonía del texto, pero no puedo cambiarlo.

Otro tema a tratar es el tema del uso del masculino en los escritos. Seguro que os habéis dado cuenta que casi siempre hablo en masculino cuando me refiero a grupos de gente en general. Esto no lo hago por machismo o por preferencia al escribir, es simplemente que esa es la forma correcta, según dicta la Academia de la Lengua, y como es lógico, no voy a estar haciendo aclaraciones de género cada vez que escriba algo, o usando la siempre fea y artificial “@”. Así que lo siento, yo escribo de forma correcta, y si hay alguna queja que la remita a la RAE.

También me gustaría proponer que vosotros participarais de forma activa en el blog, por medio de sugerencias, ideas, críticas (constructivas, las destructivas no creo que me interesen), proponiendo nuevas secciones, nuevos grupitos callejeros, etc. Incluso en las “Recomendaciones del mes” podéis incluir las vuestras, con su comentario correspondiente. Aquí cabe casi todo. Seguro que así esto queda mucho mejor. Y relacionado con este tema, estoy pensando en iniciar una nueva sección que algo tiene que ver con esta última, pero como aún no lo tengo muy claro, no voy a adelantar mucho más.

A ver, qué más. Ah, sí. Creo que voy a tener que hacer algunas continuaciones de algunos artículos, especialmente del Club de la Comedia, porque esta gentuza da para mucho. Los últimos comentarios que han soltado no tienen desperdicio. No sé, ya veré qué hago. Quizás espero a que nos deleiten con alguna perla más y ya los comento todos a la vez. Es que son muy buenos. Igualmente son fuente inagotable de estupideces los descritos en la entrada “ídolos”.

Y poco más que añadir en esta primera publicación de las apostillas. Sólo decir que por lo pronto voy a seguir con la estructura y temática que he seguido hasta ahora, hablando de temas de todo tipo, serios, cachondos, de actualidad, críticos, en fin, ya sabéis. Repito, se admiten ideas. Y como no creo que ninguno de vosotros seáis de esos analfabetos a los que me refería hace algunas semanas (esos no creo que se dignen a leer lo que un servidor escribe, ¡ay! si otros escribieran), seguro que tenéis algo que aportar.

Nada más. Hasta pronto…

miércoles, 17 de junio de 2009

Imagen para una vida


Horror. Desesperanza. Injusticia. Tragedia. Impotencia. Seguramente alguno de estos sentimientos te ha rondado cuando has visto esta foto. Una foto descarnada, cruel, aniquiladora. Tal es así, que su autor se suicidó poco después de realizarla; había retratado la muerte en su máxima crudeza. Le valió el premio Pulitzer, pero no pudo con el peso de la imagen. Me pregunto qué haría justo tras disparar su cámara. ¿Ayudaría a esta pobre niña?
No estoy intentando aquí concienciar a nadie de nada, eso no me importa, el rollo solidario le va más a los “guais” (todo de palabra, claro). Es que la foto es la misma expresión del sufrimiento y la muerte, y lo queramos o no, nos toca un poquito el corazón. Por eso hago este artículo. Y si no sientes nada al ver la imagen, es que tú también estás muerto.

Lo más grotesco de esto, es que la especie más “evolucionada” de todas las que habitan en el planeta, no es capaz de evitar cosas como estas. La especie que ha conquistado el espacio, que ha descubierto los secretos de la vida, que ha podido modificar el clima, que está en su plenitud evolutiva, deja que millones de semejantes mueran en las más penosas circunstancias. Estoy seguro que estás viendo esta foto y tienes un nudo en el estómago y te reprochas no poder hacer nada para con estos condenados, pero es así, no podemos hacer nada, porque para ello se necesita poder (y eso de los apadrinamientos y las donaciones no van a solucionar tan grave problema). En efecto, son condenados. Condenados a sufrir por la infinita avaricia, condenados a morir por la inabarcable sed de riqueza de los de siempre, condenados desde el mismo momento de su nacimiento, para toda la vida, y sin que nadie haga nada.

Esa niña intenta llegar a un campamento de alimentos de las Naciones Unidas, esperando su acompañante pacientemente el momento que tarde o temprano va a llegar. Porque lo sabe. No es la primera vez que espera, tranquilo, para conseguir su alimento. Un alimento que para su “presa” no hay, porque es una niña, y nadie se lo proporciona, pero tampoco se lo proporcionarán. La pobre víctima sabe, con tan sólo unos años de vida, que ésta no se va a prolongar mucho, pero tiene la esperanza de llegar a su destino, del que tan sólo le separa un kilómetro y medio, sólo 1500 metros.

Qué representación más precisa de la realidad del mundo. O mejor dicho, de la especie humana. La niña está a poca distancia del sustento, pero no va a llegar. Nadie le va a ayudar. Igual que la distancia entre países ricos y pobres, tan cerca y a la vez tan lejos. Su comida está cerca, pero aún más cerca está su destino, acechando, esperando. En un sitio donde la muerte pasea a sus anchas, donde no existe el futuro, donde la esperanza se ha ausentado durante mucho tiempo, y donde la desolación reina en cada rincón. Hay más muerte que vida.

El abandono, el olvido, todo esto es algo que afortunadamente ella no conoce, porque cree que el mundo es así, que hay que sobrevivir como se pueda, sin saber que en otros lugares el lujo y la buena vida es lo que prima. Su “vida” es esa, y sabe lo que le espera. Su única meta es ese campamento donde dicen que le dará alimento para vivir un tiempo. Pero el hambre y la sed no son sus únicos verdugos. Las enfermedades más nimias pueden llevarla igualmente a las garras de su macabro compañero. Sus padres murieron sin poder ofrecerle agua cuando tenía sed, comida cuando tenía hambre. ¿Puede haber algo peor para unos padres? ¿Que su hijo llore de sed o de hambre y no poder hacer nada?

Esperar una gota del cielo. Esa fe ya se perdió. Aquí no llueve. Esa ayuda que nunca llega. Están muy lejos de ese cielo al que imploran, suplican, algo de socorro. Y es tan sólo una niña, hambrienta, que no puede más, que no aguanta más. Está a punto de abandonar. Ya ha soportado muchísimo más de los que cualquier niño debería soportar. Infinitamente más. No llora. Pero no llora tan sólo porque no le quedan lágrimas. Éstas no aparecerán en la fotografía. Podrían ser algo bonito, pero aquí no cabe la belleza. Porque un niño debería poder llorar. Pero ella no lo hará. Y él reirá…

"Ahora creía haber comprendido la diferencia entre vida y existencia. Su vida se había acabado, interrumpido, pero la existencia seguía, se prolongaba. Y aunque aquella existencia era miserable, el pensamiento de una muerte cercana le colmaba el corazón de terror"

viernes, 12 de junio de 2009

Recomendaciones del mes

LOS PUENTES DE MADISON

Bellísima historia de amor. Como de las que se hacían pocas y por supuesto últimamente no se hacen. Clint Eastwood nos regala esta maravilla (y es la enésima) cargada de sentimiento y sencillez. Toda una demostración de cómo construir una historia que llega al corazón. Partiendo de una premisa a priori simple, se consigue un conjunto preciosista, con unos personajes muy convincentes (increíble el que encarna Eastwood), y unos diálogos magistrales, llenos de frases inmortales.
Lo que le otorga esa dulzura a la historia son las personas que la conforman. Ambos muy bien definidos, con una química que desborda la pantalla y nos hace partícipes de este relato. Muy pausada, para verla tranquilamente en casa una tarde de lluvia y si es bien acompañado, mejor, y quizás con unos “pañolitos” cerca por si acaso.
La parte final es emotiva a más no poder, inolvidable diría yo, con una escena (la de la lluvia, ya lo veréis) que no creo que se olvide nunca (por lo menos a mí).
No la recomiendo, como hago muchas veces, para “tipos duros” ni para aquellos que busquen historias amoroso-simplonas empalagosas como las que hace Hugh Grant (¿seguirá vivo?) y derivados. Esto es cine, así que estos grupitos abstenerse.


KING KONG

Y como la cosa va de historias de amor, hacer mención aquí a una de esas fantasías imposibles. Sí, King Kong es una de aventuras, pero por encima de esto sobresale la relación entre sus dos protagonistas. Aunque tengo que decir que para mi gusto sobran algunas florituras excesivas, pero se compensa sobradamente con las partes más tiernas, donde las escenas de complicidad entre el gorila y la actriz son casi perfectas. Esto no es de extrañar estando tras la cámara el ya inmortal Peter Jackson, que hace alarde de su genialidad en cada plano.
¿Momentos inolvidables? Sobre todo dos: el del parque y el final. Maravillosos. Y es en esa parte final donde la película se hace especialmente angustiosa, anticipando el final que todos sabemos, pero tratado con un sentimiento único, y es inevitable encogerse en el asiento al ver lo que ocurre y cómo esto está tratado; es magistral. Sobre todo el magnífico tratamiento del mono, con expresiones de dolor, angustia, amor, amistad, parece un actor de verdad, consiguiendo una interpretación que para sí quisieran muchos actores de carne y hueso. A más de uno le resbalará una lagrimita.

miércoles, 3 de junio de 2009

Aclarando conceptos


Hay mucha gente que la mayoría de las veces no sabe lo que dice, esto ya lo sabemos. Normalmente es por ignorancia, porque si uno no sabe lo que está diciendo es mejor callarse, pero en el caso del que habla sin saber lo que se suelta por la boca es que se es un memo. O sea, si eres un ignorante es mejor “cerrar el pico”. Eso lo sabe cualquier persona medio espabilada (acordaros de una de esas frases de azucarillo: “Es mejor callarse y parecer tonto que abrir la boca y confirmarlo”).

El caso es que hay muchos conceptos que tienden a confundirse, o, en la mente de algunos, a distorsionarlos.

Muchas palabras del castellano se usan muy a la ligera, sin atender a su verdadero significado, y ello lleva a ser usados de manera incorrecta y en algunos casos desafortunada. Son muchos los ejemplos, que no voy a exponer aquí, pero es lamentable el mal uso del castellano que solemos hacer, siendo este tan rico y variado en expresiones que no hace falta usar un mismo término para casi todo.

Ya he comentado que estas palabras suelen ser incorrectamente usadas por personas simplonas, cuyo bagaje cultural no suele ser muy dilatado y sumidos en la más absoluta de las ignorancias. Lamentablemente este perfil se da cada vez más en jóvenes, donde la escasez lingüística es preocupante, aunque no debemos olvidarnos de esos “adultos” (¡incluso algunos tienen una carrera!) que, creyéndose poseedores de recursos, malinterpretan el lenguaje de una forma sonrojante (no incluyo aquí a los analfabetos estrictos, personas que por una razón u otra no han tenido la oportunidad de aprender).

Porque sí, hay analfabetos encubiertos. Son aquellos que son capaces de “leer y escribir”, pero no les interesa lo más mínimo su desarrollo intelectual y, en consecuencia, personal. Aquellos que no han leído un libro en su vida (y su frase más recurrente y patética es: “yo me espero a que hagan la película”), aquellos que no saben abrir un periódico, aquellos que ignoran lo que sucede a su alrededor, en fin, ya me entendéis, son los que hacen del lenguaje una tortura. Sí señores, hay una cantidad ingente de mentes estériles, y en nuestro querido y culto país más todavía. Un país donde cualquiera “escribe un libro”, como el último lacerante anuncio del libro de… ¡¡¡¡¡Darek!!!!! Esto ya sí que es lo último. Vale que Jaime Peñafiel publique libros, vale incluso que Aznar “escriba” varios (¿sabéis que tiene la solución a la crisis? Qué alegría, ya sabía yo que este hombrecito nos sacaría del atolladero. Pero esa es una historia merece ser contada en otra ocasión), da igual, aquí ya escribe cualquiera, no os extrañe que este de Darek sea de Ana Rosa Quintana con seudónimo.

Pero volviendo a la dilución de nuestra lengua, y al maltrato al que se ve sometida, en su intento de parecer cultos o versados en ciertos temas, estos verdugos del verbo, no son capaces de usar los términos correctos cuando se requiere, y siempre acaban sangrándole los oídos al que tiene la desgracia de ser objeto de sus comentarios.

Voy a poner un ejemplo un tanto vulgar, pero es que es muy bueno para ilustrar lo que pretendo decir. Todos conocemos la palabra “putada”, ¿verdad? Muy usada y socorrida por muchos y sobre todo entre los más jovencitos, que se usa indistintamente para una gran variedad de significados. Se usa para querer decir que algo es un fastidio, para definir una situación incómoda, en fin, cualquier cosa que no sea beneficiosa, podríamos decir. La definición de la RAE (Real Academia de la Lengua, para los que no lo entiendan) de esta palabra es “Acción malintencionada que perjudica a alguien”. ¿Lo habéis leído? ¿Cuál es la palabra que siempre se omite cuando se usa “putada” para casi cualquier cosa? Está claro: MALINTENCIONADA. Esto es lo que muchos no entienden. Todos los días escuchamos comentarios del tipo: “Oye tía, este tío me está puteando porque no me hace caso” (esta suele ser simplemente cuando no se es correspondida/o amorosa o sexualmente, sin ninguna mala intención por parte del “puteador o puteadora” y se da más en chicas, por eso la he puesto en femenino) o “Me han puteado porque no me han dado el trabajo” o una muy graciosa: “Mi colega no para de putearme”.

Vamos a ver, una persona, si no tiene intención de ofender, herir, perjudicar, fastidiar, etc, no está haciendo ninguna “putada”, esto el lógico. Claro, que si la “víctima” es uno de estos sujetos descritos más arriba, evidentemente no lo va a ver así, y creerá que está siendo objeto de una “putada”, formándose en consecuencia un lío en su infértil mente más grande que el que antes ya tenía. Este tipo de individuos suelen ser denominados “mal pensados”, viendo intentos de agresión (no de la física) en cada comentario que hagan los que le rodean, ya sea sobre su persona o sobre el precio del algodón en Filipinas, da igual. Este desequilibrio que se produce en su dúo de neuronas, le lleva a intentar buscar cobijo en otras personas, adquiriendo un rol de víctima para intentar ser comprendido en su delirio. Una pena. Fijaros el lío que se monta cuando no se conoce el lenguaje o se hace un mal uso de él.

Pues ejemplos como estos pueblan nuestras tertulias continuamente, lacerando el castellano de forma impune cuando estas terribles criaturas abren la boca y sueltan por ella lo que su cerebro de chimpancé les manda que digan. Se oyen en casi cualquier lugar, por lo que al lector no le será difícil escucharlos y observarlos cuando deseen. En el portal, en el autobús, en el metro, en la cafetería, en el trabajo (el afortunado que tenga), en tu “pandilla” (esta palabra sí que es fea, ¿verdad?), ya sabéis, estad atentos, porque están entre nosotros…