miércoles, 17 de junio de 2009

Imagen para una vida


Horror. Desesperanza. Injusticia. Tragedia. Impotencia. Seguramente alguno de estos sentimientos te ha rondado cuando has visto esta foto. Una foto descarnada, cruel, aniquiladora. Tal es así, que su autor se suicidó poco después de realizarla; había retratado la muerte en su máxima crudeza. Le valió el premio Pulitzer, pero no pudo con el peso de la imagen. Me pregunto qué haría justo tras disparar su cámara. ¿Ayudaría a esta pobre niña?
No estoy intentando aquí concienciar a nadie de nada, eso no me importa, el rollo solidario le va más a los “guais” (todo de palabra, claro). Es que la foto es la misma expresión del sufrimiento y la muerte, y lo queramos o no, nos toca un poquito el corazón. Por eso hago este artículo. Y si no sientes nada al ver la imagen, es que tú también estás muerto.

Lo más grotesco de esto, es que la especie más “evolucionada” de todas las que habitan en el planeta, no es capaz de evitar cosas como estas. La especie que ha conquistado el espacio, que ha descubierto los secretos de la vida, que ha podido modificar el clima, que está en su plenitud evolutiva, deja que millones de semejantes mueran en las más penosas circunstancias. Estoy seguro que estás viendo esta foto y tienes un nudo en el estómago y te reprochas no poder hacer nada para con estos condenados, pero es así, no podemos hacer nada, porque para ello se necesita poder (y eso de los apadrinamientos y las donaciones no van a solucionar tan grave problema). En efecto, son condenados. Condenados a sufrir por la infinita avaricia, condenados a morir por la inabarcable sed de riqueza de los de siempre, condenados desde el mismo momento de su nacimiento, para toda la vida, y sin que nadie haga nada.

Esa niña intenta llegar a un campamento de alimentos de las Naciones Unidas, esperando su acompañante pacientemente el momento que tarde o temprano va a llegar. Porque lo sabe. No es la primera vez que espera, tranquilo, para conseguir su alimento. Un alimento que para su “presa” no hay, porque es una niña, y nadie se lo proporciona, pero tampoco se lo proporcionarán. La pobre víctima sabe, con tan sólo unos años de vida, que ésta no se va a prolongar mucho, pero tiene la esperanza de llegar a su destino, del que tan sólo le separa un kilómetro y medio, sólo 1500 metros.

Qué representación más precisa de la realidad del mundo. O mejor dicho, de la especie humana. La niña está a poca distancia del sustento, pero no va a llegar. Nadie le va a ayudar. Igual que la distancia entre países ricos y pobres, tan cerca y a la vez tan lejos. Su comida está cerca, pero aún más cerca está su destino, acechando, esperando. En un sitio donde la muerte pasea a sus anchas, donde no existe el futuro, donde la esperanza se ha ausentado durante mucho tiempo, y donde la desolación reina en cada rincón. Hay más muerte que vida.

El abandono, el olvido, todo esto es algo que afortunadamente ella no conoce, porque cree que el mundo es así, que hay que sobrevivir como se pueda, sin saber que en otros lugares el lujo y la buena vida es lo que prima. Su “vida” es esa, y sabe lo que le espera. Su única meta es ese campamento donde dicen que le dará alimento para vivir un tiempo. Pero el hambre y la sed no son sus únicos verdugos. Las enfermedades más nimias pueden llevarla igualmente a las garras de su macabro compañero. Sus padres murieron sin poder ofrecerle agua cuando tenía sed, comida cuando tenía hambre. ¿Puede haber algo peor para unos padres? ¿Que su hijo llore de sed o de hambre y no poder hacer nada?

Esperar una gota del cielo. Esa fe ya se perdió. Aquí no llueve. Esa ayuda que nunca llega. Están muy lejos de ese cielo al que imploran, suplican, algo de socorro. Y es tan sólo una niña, hambrienta, que no puede más, que no aguanta más. Está a punto de abandonar. Ya ha soportado muchísimo más de los que cualquier niño debería soportar. Infinitamente más. No llora. Pero no llora tan sólo porque no le quedan lágrimas. Éstas no aparecerán en la fotografía. Podrían ser algo bonito, pero aquí no cabe la belleza. Porque un niño debería poder llorar. Pero ella no lo hará. Y él reirá…

"Ahora creía haber comprendido la diferencia entre vida y existencia. Su vida se había acabado, interrumpido, pero la existencia seguía, se prolongaba. Y aunque aquella existencia era miserable, el pensamiento de una muerte cercana le colmaba el corazón de terror"

2 comentarios:

  1. ESCALOFRIANTE TU TESTIMONIO! NO SE SI SE PUEDE HACER ALGO...SEGURO QUE SI...PERO MIENTRAS VIVAMOS EN ESTE MUNDO Y NO EN EL SUYO, NINGUNO DE NOSOTROS SEREMOS CAPACES DE HACER ALGO O AL MENOS APORTAR LO QUE EN NUESTRA MANO ESTÉ.

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