martes, 2 de febrero de 2010

Los Vestigios del Amor


Qué palabra más socorrida y a la vez maltratada. Puede que sea el término, o mejor dicho, el sentimiento al que más tributos y pleitesías se le han rendido a lo largo de la historia moderna., casi siempre con muy mala fortuna. En la música, la literatura, en el cine, en todas las expresiones de arte ha estado siempre presente el que dicen es el motor del mundo (qué soberana mentira).

Actualmente, y por desgracia, se recurre a él con demasiada frecuencia, banalizando su verdadero significado de forma gratuita. Porque el amor no es sólo una bonita palabra que sabe adornar como ninguna lo que decimos o escribimos. Ahora cualquiera dice que está perdidamente enamorado de su pareja y queda tan bien, cuando en realidad, en muchos casos, está con su amante tan sólo porque estar con alguien es algo establecido por la sociedad, y si nos remontamos unas décadas atrás esto era mucho más acusado.

Lo cierto es que el verdadero sentimiento, ese que emana de lo más profundo de nosotros, es un milagro más bien escaso, realmente difícil de encontrar. Para muchas personas, sentir amor o manifestarlo, radica en el simple y vulgar acto de ir con tu pareja agarrados por el culo o tocarse la campanilla a lengüetazos en el banco de un parque. Ahí no existe nada de ese acto excepcional de querer a alguien, sólo hay instintos carnales, muy lógicos, por otra parte, exentos de eso que es el amor de verdad. Se ha convertido más en un artificio que en otra cosa.

Todo esto venía, a que no hace mucho, tuve la fortuna de contemplar el milagro del verdadero amor, el que sólo se ve o se siente muy pocas veces. Era en una estación de autobuses, sentado yo en un banco vacío esperando la hora de partir. En el momento en que una joven entra en la zona de espera para viajeros, donde yo me encontraba, veo a una niña de unos 9 o 10 años, corriendo desaforadamente hacia la chica, que intuí era su hermana. Cuando llegó a ella, la abrazó con una pasión y un cariño, que no pude apartar la vista de aquel momento. La carita de la pequeña era de una alegría tal, que las lágrimas corrían por sus mejillas sin contención. Así permanecieron un rato, como si el mundo se hubiera detenido para que aquel instante durara toda la eternidad. Incluso cuando se acercaron sus padres y la chica mayor los besaba, su hermana seguía aferrada a ella, en un abrazo lleno de sinceridad, y sobre todo de amor, del de verdad. Un amor venido de lo más hondo de un corazón aún inocente, capaz de expresar, sin saberlo, el sentimiento más hermoso del mundo, que sólo puede evocar un alma aún no maltratada por la vacuidad humana.

Se marcharon, las dos hermanas todavía fundidas en su sentido y sincero abrazo, y yo quedé allí sentado, con una mueca de felicidad, agradeciendo el haber vivido ese momento, un momento único en el que se produjo un acto tan efímero como hermoso.

Los que abandonamos hace tiempo el único periodo de la vida donde somos excepcionales en la naturaleza, sólo podemos intentarlo, pero los vestigios del amor sólo moran en aquellos que aún no han sido seducidos por los débiles valores que imperan en este anodino mundo.

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