jueves, 29 de julio de 2010

Perdónanos, porque no sabemos lo que hacemos...


Estupor. Y tristeza. Podría llamar así a lo que sentí cuando hace poco volví a coger mi bicicleta de montaña e intenté hacer una de mis habituales salidas por uno de mis sitios "de toda la vida". Suelo salir a un bosquecito de pinos precioso que hay cerca de mi localidad, un lugar realmente tranquilo, bello y sobre todo alejado de la jungla de asfalto. Es un rincón donde domina la naturaleza, donde se pueden escuchar los diálogos de los pájaros con el viento y donde los susurros de la vida salvaje te embriagan de gozo.

Llegando a la entrada de este paraje, vi con enorme extrañeza que ésta no estaba. Simplemente había desaparecido y en su lugar había un montón de tierra revuelta y unas cintas amarillas, indicadoras de que allí habían puesto sus zarpas unos desalmados constructores. ¿El motivo? Una autovía. Con la sangre aún congelada, me puse a buscar un posible acceso a mi apartado refugio y tras mucho mirar conseguí intuir un acceso nada sencillo de sortear. Con mi bicicleta a cuestas y bordeando un pequeño terraplén, por fin pude poner los pies en una parte de mi viejo camino. Afortunadamente, de ahí en adelante todo seguía igual, salvo ciertas partes cuyo paisaje ya no era dominado por la vital vegetación, sino por baldíos parches de lo que en el negro futuro será asfalto, coches y polución.

El progreso. La avaricia. La codicia. Estos son los responsables de la aniquilación que está sufriendo la Tierra, nuestro hogar. Siempre se anteponen los letales intereses económicos a la conservación de este maravilloso planeta donde vivimos. Los asesinos que están al frente de la humanidad no son conscientes de lo que están haciendo, porque no ven más allá de su bolsillo ni del poder. Y lo peor de todo es que esto no tiene ya arreglo. Si no son capaces ni de llegar a un acuerdo en las inútiles cumbres que hacen sobre el clima. Parece mentira que hayamos arrasado selvas enteras, extinguido especies, y condenado al planeta a muerte en tan sólo unos años de existencia. No podemos esperar menos de los que se han matado entre sí durante miles de años.

Pero de vez en cuando, la naturaleza nos demuestra que no somos más que una mota inmunda de polvo y nos azota con su rabia para recordarnos que, aunque hayamos acabado con ella, siempre será mucho más poderosa y sabia que nosotros. Tiene todo el derecho a vengarse. Y la Evolución de las especies -el verdadero motor del mundo- cometió un error fatal, y no es otro que dotarnos de inteligencia. Esa inteligencia (no positiva) que nos ha llevado a ansiar más de lo que necesitamos, y en consecuencia explotar hasta la extenuación todos los recursos posibles de nuestra Tierra.
Nos creemos dueños de todo, de los árboles, de los seres vivos, del medio ambiente, de la vida de cada una de las criaturas que viven en armonía con su entorno y que dependen unas de otras. No olvidemos que nosotros vivimos gracias al equilibrio biológico que existe en todo el globo. Nos creemos los dioses del universo y no nos damos cuenta de que no somos más que la hormiga que aplastamos o que la flor que cortamos. Hasta que no seamos conscientes de esto, seguiremos torturando el planeta hasta que diga basta y no pueda soportar más penas.

Está claro que lo que me pasó no es más que una minucia en comparación con lo que normalmente el hombre incivilizado está haciendo desde hace siglos, pero es una representación muy fidedigna de cómo actúa sin ningún miramiento con lo que de verdad importa, aquello que nos dio la vida, nos alimentó y nos acurrucó en su regazo cuando dábamos nuestros primeros pasos en la historia. Una historia que ya tiene los días contados y sólo es cuestión de esperar para que todo expire, para que todo desaparezca bajo la inconsciencia del hombre.

No voy a despedir este artículo sin incluir en él una cita, que sí, está muy vista y oída ya, pero que es tan fiel a lo que nos va a pasar, que no me resisto a escribirla:

"Sólo después de que el último árbol haya sido cortado. Sólo después de que el último río haya sido envenenado. Sólo después de que el último pez haya sido pescado. Sólo entonces descubriremos que el dinero no se puede comer."

miércoles, 21 de julio de 2010

El hombre como animal ¿social?


¿Cuánto tiempo lleva la especie humana viviendo en sociedad? Miles de años. Las comunidades de individuos son un rasgo muy común en el reino animal, sobre todo debido a las ventajas que esto reporta a ese conjunto de sujetos. Dichas ventajas podrían ser protección, distribución del trabajo, facilitar el encuentro con las parejas, entre otras. Y como el hombre, como animal que sabe aprovechar recursos (o más bien agotarlos), ha intentado vivir en sociedad desde sus más antiguos ancentros.

Pero tantos años de intentar convivir colectivamente no han sido suficientes para que este animal, supuestamente cumbre de la evolución, haya aprendido a comportarse de forma civilizada. Me refiero a una cosa tan simple como saber convivir en comunidad. Una especie que para bien o para mal (yo diría que para mal) tiene el don de la inteligencia -no tomemos este término como un atributo positivo- no ha conseguido en más de 100.000 años un concepto tan sencillo como es el respeto hacia los que lo rodean.

Esto lo hemos sufrido todos, y ejemplos podría citar cientos. Sin ir más lejos, en la cola del supermercado siempre está la vieja que por el mero hecho de serlo ya se nos cuela con una habilidad pasmosa; esa persona que en el asiento de un autobús invade deliberadamente ya no sólo nuestro espacio vital, sino físico; y qué decir de esos vecinos que sin ningún pudor molestan a las tantas de la noche con voces, ruidos, fiestas, etc. ¿Quién no ha sufrido en alguna ocasión a estos seres, que no conocen el respeto por los demás ni por lo ajeno?

El muy triste que en vez de ir hacia una convivencia más estable entre nosotros vayamos a peor. No vamos a saber nunca ser partícipes de una vecindad armónica, donde cada uno piense que el mundo no es de uno mismo, sino de un colectivo que debe mirar por el bien de todos. Esto no hace sino demostrar la debilidad que tenemos como especie, como animal social que se supone que somos. Porque todo el resto del reino animal sigue sus reglas de comportamiento -dentro de sus posibilidades, claro- por el bien de ellos mismos. Pero lógicamente no se le puede exigir mucho a aquellos que está acabando no sólo con su propia existencia, sino también con el resto del mundo.

jueves, 15 de julio de 2010

"4 Meses, 3 Semanas y 2 Días", desamparo en Rumanía


¿Hasta dónde nos puede llevar la desesperación? Somos capaces de cosas inimaginables cuando apremia el desamparo y la necesidad. ¿Y hasta dónde somos capaces de llegar por una amistad? Quizás no tan lejos, pero aún así, y dependiendo de esa amistad, igualmente podríamos hacer grandes sacrificios.

En esta película, que adelanto que es estupenda, estas dos cuestiones son el eje de los acontecimientos. Situada en la Rumanía de los años 80, dos amigas verán sus vidas azotadas por la necesidad de las cirscunstancias, una por un embarazo no deseado y otra por ayudar a su compañera.

A priori parece simple la idea, pero la sensación de desamparo y opresión que consigue el director con su puesta en escena consigue que por momentos lleguemos a inmiscuirnos en la vida de esas chicas que se mueven, diríase, casi entre la vida y la muerte. El trabajo en general es soberbio, con una fotografía que imprime a la atmósfera unos tonos opresivos que contribuyen a aumentar la sensación de desesperanza. Los actores están fantásticos, sobre todo su protagonista, que parece que sufre de verdad en sus carnes el drama. Dignos de alabanza.

Esta pequeña maravilla se llevó varios premios, entre ellos la Palma de Oro en Cannes y si no me falla la memoria el Goya a mejor película extranjera. Y viene de un país cuyo cine es totalmente desconocido, lo cual tiene mérito. Esperemos que sirva para que se de a conocer, porque si las películas son la mitad de buenas que esta, vamos sobrados.

martes, 13 de julio de 2010

El triunfo de la sencillez


Por fin. España es Campeón del Mundo. Qué bonito suena. Y qué bien lo hemos pasado durante este mes que ha durado el Mundial.
Nunca, en la historia de nuestra selección hemos llegado tan alto. Y todo gracias a estos chavales que tienen y deben ser el ejemplo de todo el país. Porque su unión ha sido la unión de una nación continuamente dividida. Aquello que los ineptos "mandamases" no son capaces de conseguir, estos chicos lo han conseguido con humildad, sencillez y compañerismo.

Decía José Ramón de la Morena que esta selección ha sido la anestesia del país. Qué afirmación más acertada. En estos tiempos de incertidumbre, nuestro equipo nos ha hecho olvidarnos durante unas semanas la difícil situación en la que nos encontramos (unos más que otros y siempre los mismos). Nos han borrado de la cabeza los problemas, la depresión, las preocupaciones, en fin, todo aquello que continuamente nos sacude a muchos de nosotros. Eso es un logro que pocas veces más vamos a ver y sentir.

Porque este ha sido el triunfo de la calidad, del esfuerzo, de la amistad, de la unión de todos ellos y todos nosotros, y por qué no decirlo del amor. Ese hermoso beso de Iker Casillas a Sara Carbonero entrará en la historia junto a todos los momentos impagables que nos han brindado. Estos chavales, que muchos no tienen ni 25 años, encabezados por ese magnífico y noble hombre que es Vicente del Bosque, nos han regalado un pedazo de felicidad en estado puro, y da igual que te guste o no el fútbol, son unos tíos que quedarán en el recuerdo de 47 millones de corazones que vivieron durante un mes una bonita historia. Una historia que nos rescató de tantísimos problemas y sólo por eso ya merecen tocar el cielo, aunque seguramente eso ya lo han hecho. Porque habéis conseguido el gran milagro de hacernos estar orgullosos de ser españoles, para mí ya sois inmortales. Enhorabuena, CAMPEONES.