viernes, 27 de agosto de 2010

Camino a la Perdición


No, no voy a hablar de la genial película de Sam Mendes del mismo nombre (aunque quizás algún día lo haga). El título -profético, me parece- hace alusión a lo que irremediablemente están condenados la mayoría de los chiquillos y no tan chiquillos que tenemos hoy día.
Este verano he podido ver mucho más de cerca la fauna juvenil al estar en una ciudad más pequeña, lo que propicia un mayor número de avistamientos y encuentros con los mencionados individuos.

Todos sabemos -y yo mismo lo he repetido en este blog varias veces- el poco desarrollo mental que se extiende entre los jóvenes ciudadanos. Pero parándonos un poco a estudiarlos e intentar comprenderlos, nos damos cuenta que es una tarea rápida, simple y sencilla. Sencilla porque no hay mucho "que rascar" en su psicología. Incluso los pobres chimpancés que he usado para intentar el símil salen mejor parados -intelectualmente hablando- que los pueriles sujetos a los que me refiero.
En su mayoría (afortunadamente algunos se salvan) se rigen por la leyes de la clonación, esto es, la diferencia entre miembros de una misma pandilla es mínima o nula. Peinados ridículos de martillo y cincel todos ellos iguales, caras llenas de piercing como si de alfileteros se tratasen (los llevan en los labios, lengua, cejas, sienes, pómulos, etc), ropas terriblemente llamativas y feas, su rosario pendiendo del cuello (¡!), en fin, lo que todos hemos visto o sufrido. Me pregunto qué pasa por sus desiertas cabecitas, si se ponen a rezar el mencionado rosario mientras se fuman sus porritos o si saben leer el pintarrajo de su antebrazo, que tan de moda han puesto los futbolistas más borregos.

Pero lo más alarmante es que la clonación no se aplica sólo a lo físico o exterior, ojalá la cosa quedara ahí. Estos primates -con todos mis respetos hacia nuestros ancestros- no son capaces de articular una palabra con educación y mucho menos encadenar algún diálogo agradable. Sólo se comunican con exabruptos -que según qué zonas suenan más o menos desagradables-, tacos, motes, rujidos, palabras que dejan a mitad, ruidos, quejidos y cualquier cosa que quede fuera del lenguaje medianamente comprensible. Pocos se salvan, son en su gran mayoría paleolíticos cerebrales, cosa que no sé a qué atribuir. Creo que su cápsula neuronal sólo da para copular, pelear, beber y drogarse, y no nos olvidemos que hablamos de individuos de entre 13 y 30 años, que es la edad física donde se mueven, aunque evidentemente mentalmente no llegan ni a ser reptiles. Estoy pensando seriamente en abrir un negocio de tatuajes, con la cantidad de nombres y estrellitas que se ponen sería un negocio muy lucrativo (ya sabéis, ellos suelen poner el nombre de la novia en el brazo como si les fuera a durar más de 3 fines de semana).

No creo que nos aguarde un futuro alentador, con sujetos como estos siendo lo que nos espera. Habrá que esperanzarse en esa ínfima minoría que resisten dentro de la lógica y la normalidad que se ha perdido. La simpleza y la pasividad de esta asquerosa generación -o generaciones- parásita y dañina. Dañina con los valores, la moral, la sensatez, la elocuencia y todos aquellos pilares en los que debe construirse una sociedad civilizada.

sábado, 21 de agosto de 2010

Perdiendo el norte



Tras el último insulto vertido por el españolísimo Partido Popular a Andalucía (uno de tantos), concretamente hacia su acento, me ha llevado a preguntarme el por qué de esa marginación constante y ya histórica por las regiones que ocupan el sur geográfico de cualquier sitio.
Sin ir más lejos, aquí en España, aparte de los continuos dardos de la rancia derecha política, en general se tiene a Andalucía, excepto Sevilla, faltaría más (nótese la ironía), como una tierra pobre cuyas gentes apenas saben hablar un castellano medio comprensible y que su única dedicación es pasear animales por los áridos pastos de secano que forman el yermo paisaje.

Esta falta de respeto hacia una tierra y sus habitantes, quizás sea debida a que tradicionalmente Andalucía ha sido una región pobre -casualmente del sur- de España. Aquí es donde me pregunto el por qué. ¿Por qué las zonas situadas al sur suelen ser las más pobres y marginadas? Esto no sólo se da en España, a nivel mundial sólo tenemos que ver dónde se acumula la pobreza más incipiente, esto es, en el hemisferio sur. La basta extensión de África y Sudamérica; aquí se concentran los países más pobres del globo, que curiosamente están por debajo del ecuador.

Quizás la situación de América Latina habría que verla desde una perspectiva histórica. Tras su descubrimiento por el "iluminado" Critóbal Colón, hubo una carrera entre los grandes imperios por aquella tierra fértil y llena de tesoros. Mientras que hacia la parte norte se dirigieron los ingleses y otras culturas anglosajonas, hacia el sur fueron los bárbaros españoles aniquilando y evangelizando -en ocasiones palabras sinónimas- todo cuanto encontraban. Esto dio lugar a un "inicio de civilización" medieval, cuyas consecuencias aún hoy son palpables.

Historias aparte, lo que venía a decir es que casualidades o no, el sur siempre ha estado, a mayor o menor escala, sumido en una ignorancia a veces sutil, a veces flagrante, no se sabe porqué, pero las evidencias las vemos a diario, en los países pobres, en las regiones olvidadas por el hombre, incluso cuando algún político de medio pelo cree que en su propio país el sur es sinónimo de pobreza e incultura. Gente como esta es la que hace que mundialmente haya esa diferencia entre el norte y el sur.

lunes, 16 de agosto de 2010

Del papel al píxel


El progreso. ¿Es lo que nos hace ser más felices, más inteligentes, más cultos? Es una herramienta, y como tal, su objetivo es ayudar o hacernos la vida un poco más fácil (como si esto fuera posible en algunos aspectos). No voy a decir que el progreso -que últimamente parece sinónimo de tecnología- es pernicioso o negativo para los que nos servimos de él casi a diario, pero no es todo lo positivo que podríamos desear, y más cuando nos hemos olvidado por completo de preocuparnos por el progreso de nosotros mismos, de mente, de espíritu.

Porque estos pasos que supuestamente la tecnología da hacia la "perfección", en ocasiones son pasos que parecen destinados a degradar o corromper aquello que no necesita de chips, bites o LCDs. Los ebook por ejemplo han irrumpido con fuerza en el panorama tecnológico. Estos cacharros pretenden sustituir en un futuro -ya no tan lejano- a los libros tradicionales.

El caso es que cuando estos artilugios eran un proyecto lejano, no tenía yo mucha confianza en su éxito, pero parece ser que últimamente han experimentado un auge que a mí por lo menos me sorprende (y me disgusta). Y me sorprende porque no me imginaba que a los lectores de toda la vida les iba a gustar el hecho de no tener un libro físico en la mano. Me explico: a mí me encanta esa especie de ritual de ir a la librería, ver los libros, leer su sinopsis, dudar entre uno y otro, oler sus páginas, observar los detalles de la portada. Esto no es lo mismo que mirar una pantalla y elegir tras un rato pulsando botones.

Aquel poseedor de un ebook dejará de tener estas sensaciones que también forman parte del lector, de la lectura de un libro. Dejará de poder colocarlo entre otros tras su finalización, y no podrá mirar su librería con sus vivencias literarias, que en la mayoría de las veces son más enriquecedoras que la vida en sí. ¿Quién no se para muchas veces delante de su colección de libros a contemplar y recordar lo que nos han ofrecido? Todo esto se reducirá a un aparato donde almacenaremos todas las obras que leamos y cuando nos falte espacio las borraremos, sin tener ocasión de volver a hojear sus páginas.

No me convencen, así que yo seguiré con el papel de toda la vida y haciendo hueco en mi casa para el tesoro que supone tener una colección de historias y pensamientos, que amerilleen con los años y que pueda ver el paso del tiempo sobre ellos. Sólo espero que el querido papel no desaparezca para siempre.

jueves, 5 de agosto de 2010

"Las Benévolas", el horror puro


Este libro es el más fiel retrato de la época más atroz que ha vivido el ser humano. Es lo terrible narrado. Es el preciso dibujo de la sinrazón. Es el horror en estado puro.
Dice Vargas Llosa que este libro nos demuestra que "la inhumanidad de los verdugos alcanzaron cimas más altas de monstruosidad de lo que creíamos". Y no le falta razón. No creo recordar una narración tan sumamente dura y terrorífica como esta. Y lo peor de todo es que no es ficción, es lo que pasó realmente.

J. Littell demuestra en esta su primera obra que es un escritor como pocos. Porque para ser su primer libro, ha conseguido una monumental historia metiéndonos en la piel de un oficial nazi encargado en un principio de resolver "la cuestión judía". Su historia está contada en primera persona, desde los ojos de este asesino y eso le da una perspectiva fría y cruel al relato. Abre el prólogo diciendo que no se arrepiente de nada, que sólo recibía órdenes, que era obedecer o morir, y nos insta a pensar qué haríamos nosotros. Da que pensar. Y mucho. ¿Qué haríamos realmente si nos ordenaran matar?

Cuestiones morales aparte, el libro es, como he dicho, atroz, pero con una precisión histórica que pone los pelos de punta. Muchos historiadores han alabado el trabajo de documentación titánico. Todo está descrito con un detalle y precisión milimétricos. Y esto lleva a presenciar de forma directa las barbaridades que se cometieron con un pueblo que no sabía el porqué de aquellos exterminios. Detalla con todo lujo de detalles las primeras matanzas que se cometieron, antes de "inventarse" las cámaras de gas. Estar leyendo y sentir un escalofrío, sentir rabia y tristeza, una panoplia de sensaciones todas ellas demoledoras. Escenas muy crudas, terribles, pero sin buscar el morbo gratuito. Simplemente descripción.

Es una lectura difícil, por contenido y por narración. Delirios de una mente atormentada, que se reflejan en actitudes a veces surrealistas, en especial en uno de los capítulos finales en los que se roza la paranoia.
No sé si recomendar encarecidamente su lectura o aconsejar que ni os acerquéis. Tiene momentos verdaderamente duros, capaces de arrancarte una mueca de asco y estupor. Pero es una gran novela. Grandísima. No en vano obtuvo el premio más prestigioso de Francia, el Goncourt.