jueves, 16 de septiembre de 2010

El pijo de la Vega


Hace unos días, no sé cuál exactamente porque no lo tengo señalado en mi calendario, se volvió a "festejar" el famoso lanceado -que no alanceado- de un toro en la localidad de Tordesillas. Por todos es sabido que es de gran polémica este festejo, puesto que es de un sadismo y una crueldad atroz.
Para el que no sepa en qué consiste esta "tradición", decir que se suelta un toro en el campo y unos mamelucos a caballo le van clavando lanzas hasta que el animal (me refiero al toro, no al que lancea) muere. Así de sencillo y así de inhumano -o mejor dicho, humano-.

Y no debería haber polémica, porque ésta incluye que hay personas a favor y en contra. ¿Y quién puede estar a favor de semejante sangría? ¿Quién puede participar en esta absurda fiesta? Deben ser personas faltas de humanidad, con ansias de sangre y de ver el sufrimiento de un animal que no puede defenderse ante un ataque masivo de carniceros aburridos. Seguramente muchos de ellos se excitan viendo o participando en la matanza. Es simplemente sadismo como entretenimiento, que hasta los taurinos de pro dicen estar en desacuerdo.

Cualquiera con un poco de sentido común puede imaginarse cómo es una persona con estas aficiones. En fin, que este año, vi en televisión al "maestro", al "héroe" que tuvo el honor de darle la última pinchada al toro, la definitiva, la de la gloria -por lo que parece el que consigue la estocada mortal es el que recibe ciertos honores-. Y no sé porqué pero al verlo no me sorpredió nada el muchachito. Era el típico, tipiquísimo pijo con su polito blanco y su enorme caballo como insignia en el pecho, igual que la que adjunto (figura curiosamente parecida a la de los lanceros participantes). Y es que es increíble cómo estos fantoches siempre están en todas estas tradiciones inhumanas, siempre ignorando los preceptos de la vida. ¿Será porque "los animales no son hijos de Dios"?.

Iba el chaval montado en su corcel, cual Cid Campeador, por las henchidas calles de su pueblo, vitoreado por la multitud enfervorizada ante semejante hazaña, espoleado por el orgullo valiente de su gesta. ¿Puede alguien enorgullecerse de matar a un animal cobardemente, con un arma y a caballo? Parece que muchos sí, seguramente debido a alguna disfunción psicológica.
A continuación, el caballero de la pija figura, subió a un balcón, pronunció un discursillo barato, al cual sólo presté atención unos segundos, y así terminó un año más la fiesta más estúpida, burda, fanática y sádica de cuantas tradiciones bárbaras que aún quedan en esta España polvorienta. Así somos.

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