sábado, 30 de octubre de 2010

Miguel Hernández


Con motivo del centenario del nacimiento de Miguel Hernández, dejo aquí un pequeño poema. Me gusta especialmente, pero lógicamente hay muchísimos más que son magníficos. Un homenaje al que fue El poeta del pueblo.

PENA - bienhallada

Ojinegra la oliva en tu mirada,
boquitierna la tórtola en tu risa,
en tu amor pechiabierta la granada,
barbioscura en tu frente nieve y brisa.

Rostriazul el clavel sobre tu vena,
malherido el jazmín desde tu planta,
cejijunta en tu cara la azucena,
dulciamarga la voz en tu garganta.

Boquitierna, ojinegra, pechiabierta,
rostriazul, barbioscura, malherida,
cejijunta te quiero y dulceamarga.

Semiciego por ti llego a tu puerta,
boquiabierta la llaga de mi vida,
y agriendulzo la pena que la embarga.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Notas de lluvia


Lluvia. Siempre una bonita metáfora de unas lágrimas, de un llanto, de una melancolía, de un recuerdo. Pasear bajo la lluvia a menudo nos hace sentir añorantes, nos hace volver la vista a sitios y momentos a veces desterrados de la memoria. Se mezclan en ese instante sonidos acompasados, olores familiares, luces desdibujadas.

La gente no suele apreciar esta belleza sublime, cuando la naturaleza nos ofrece este pequeño milagro. No les gusta ese engorro o malestar de verlo todo mojado, mojarse los zapatos o tener que quedarse en casa. En cambio, el arte, siempre acertado en su búsqueda de inspiraciones, sí le ha otorgado, o sí ha sabido ver ese lado agradable, presto siempre a acompañar a esos amantes que bajo un paraguas corren al refugio de un cálido portal. Sí, el arte es capaz de enseñar ese lado romántico y embriagador -a veces evocador- de un día gris.

Siempre nos conmueven escenas en el cine con la lluvia como protagonista. Imágenes que quedan en nuestro recuerdo por su belleza, que refuerza el líquido elemento en actuación. Recordar ese maravilloso final de "Los puentes de Madison" o "Desayuno con diamantes", la famosa "Cantando bajo la lluvia", el último tramo de "Los siete samuráis" o esa escena inmortal de "Blade Runner". Siempre las más bellas formas de expresión invocan a la lluvia para embellecerse.
Igual ocurre en la música o en la fotografía (en menor medida en la pintura).

En cambio, en la vida diaria o cotidiana, siempre se ve un día nublado como algo molesto, casi irritante. Se tiende a pensar que no podremos hacer tal o cual cosa, o que habrá que quedarse "escondido" hasta que salga el sol. No se piensa en disfrutar de los sonidos, los olores, las fotografías que nos muestra el paisaje. Por eso a un día de lluvia se le llama un "mal día", porque en la mayoría de los casos sólo vemos los recortes que supone en la rutina o en lo que teníamos planeado para ese momento.

Un día de lluvia inspira, seduce, recuerda, evoca, añora, enseña, dibuja. Es una sonata, unas notas compuestas para ser disfrutadas, para ser degustadas sin importar de qué nos prive, porque cuando cae la lluvia, debemos sentirnos abrazados por la eterna seducción de los recuerdos.

jueves, 7 de octubre de 2010

Sólo para sus oídos


No soy persona de ir mucho de compras, quiero decir a comprar ropa, ese pasatiempo que tanto gusta a mucha gente, sobre todo al género femenino. La economía no me da para ello y prefiero gastarme los cuartos en cosas más interesantes o gratificantes.
Cuando a uno no le queda más remedio, tiene que ir casi forzosamente a hacerse con algún artículo que cubra la necesidad de la falta de prenda. Toca ir de tienda en tienda, de camisa en camisa y de pantalón en pantalón, eso si no contamos el calzado, que incrementa el número de locales a visitar.

Es todo un engorro, un fastido el hacer una tarea en principio tan simple y rápida. Buscar, probar, ver, decidir, seguir buscando, seguir viendo, volver a decidir, pagar. Lo dicho, no apto para cualquiera. Esto es algo totalmente subjetivo, a mí me parece estresante y agotador, pero repito que en la mayoría de ocasiones este periplo resulta placentero para según qué gente.
Hasta aquí podemos hacer el esfuerzo de ir a comprarnos los trapos que posteriormente luciremos con más o menos ganas.
No suelo acudir a tiendas excesivamente caras, no estoy tan mal o tan loco como para gastarme 100 ó 200 euros en un retal que tarde o temprano dejaré aparcado en lo más profundo del armario. Además que la ropa cara, o pija, como prefiramos, es sumamente hortera, por lo menos la de hombre. Caballos, insignias, banderas, cocodrilos, ositos, toros, adornos sólo atractivos a los ojos de personas situadas en un exclusivo y adinerado nicho social, inaccesible para el resto de los ciudadanos.

En fin, que si vamos a una tienda, digamos, de clase media, con todo el esfuerzo que ello supone, al entrar, la bienvenida es un bofetón directo a los tímpanos en forma de música enloquecida y putrefacta. Y esto es a lo que quería llegar desde el principio. Esos ruidos que salen de los altavoces no me explico qué finalidad tienen. ¿Atraer clientes? Será sólo a los sordos o a poligoneros de corto alcance. Es antimúsica, una auténtica mierda que intenta perforar nuestro cerebro a la menor escucha. Parece que está uno en una de esas discotecas con "música" carnavalesca para enloquecer y privar de sentido a los cazadores y sus presas que tanto disfrutan de ellas. ¡Y simplemente estamos comprando ropa! Sólo con bajar un poco el volumen -pedir que cambien de música sería demasiado-, la cosa se enmendaría algo. Creo que intentan que el oído del comprador se vaya llenando de notas fecales hasta que pierde la razón y compre compulsivamente. En muchos casos, los que tengan algo de gusto por el arte de la música, huirán a zonas menos contamindadas acústicamente.
En las tiendas pijas/horteras no sé qué "pincharán", puesto que como ya he dicho no frecuento. Quizás pasodobles, que a lo mejor es más soportable que la otra basura.

Y ni intentando contrarrestrar la tortura auditiva con algún reproductor que llevemos encima podemos ganar la partida. Los decivelios del excremento siempre ganan a los tuyos, aunque los lleves directamente al oído. La pestilencia sigue castigando tu cerebro sin piedad, sin descanso, sin miramientos. Y es que vaya "música". Un pum, pum, pum constante, sin armonía, sin cohesión, sin alma. Es antimúsica, un atentado al buen gusto. Ojo, me estoy refiriendo a esta en concreto, no se me vayan a enfadar los fanáticos.

¿Tanto cuesta poner música normal, audible, no martirizante? Tampoco poner una música poco comercial -ésta no la entendería la mayoría de los clientes al ser normalmente de mayor calidad-, pero algo que no te golpee como si fueras un pelele. No sé qué haré la próxima vez que intente entrar, espero no perecer en el intento. ¿No dicen que ahora se puede comprar desde la casa de uno? Habrá que pensárselo.

En fin, que después del esfuerzo de ir a comprar, tenemos que intentar no fallecer ante el ataque despiadado que sufre nuestro órgano auditivo. Al final, volvemos a casa extenuados y casi sin sentido, y si es con las manos vacías ya podemos tener a mano algún tipo de tranquilizante, porque si no podemos hacer cualquier barbaridad en semejante estado de enajenación.

viernes, 1 de octubre de 2010

Imagen del transcurso


El mundo ha cambiado. Los dioses han cambiado. Nosotros hemos cambiado. Nuestros hijos cambiarán o están por cambiar. Cuando miramos hacia un lado o hacia otro o alrededor, no sabemos qué estamos viendo, si un mundo perfecto o un mundo imperfecto, si un mundo ordenado o un mundo caótico, si un mundo con futuro o un mundo que ya ve su final ciertamente cerca.

El mundo no es el que era. Si nos retrotraemos, si viajamos en nuestro recuerdo, en nuestra sabiduría sobre él o vivencias en él, veremos que no es el mismo que el de ayer, ni el de anteayer, ni el de hace un año ni siglos. Menos aún que el de hace milenios. Inevitablemente, como parte del universo que es, el mundo, nuestro mundo, cambia. No es estático, no espera el final que erráticamente llega a toda existencia. El tiempo no es ajeno a esto, y se pone manos a la obra para que no sea toda existencia una espera sin más.
El mundo no es es que era, porque el tiempo vive con él. Le enseña, le guía, le manda, le orienta. No, no es el que era ni es lo que será.

Los dioses no son los que eran. Al menos en parte. Siguen siendo crueles, viles, castigadores, pero perdieron la intención de ayudar, de perdonar, de indicar el camino. Las creencias ancestrales eran puras, pías, tenían un poder absoluto.
El Sol, la Luna, la Tierra, el Viento, dioses poderosos, capaces de cambiar el mundo, de castigar pero también de amar, de dar vida, cobijo, alimento. Deidades dignas de adoración, dignas de tributarles pleitesía. Los dioses cambiaron, y son ahora entidades despojadas de bondad, disgregadas de sus fieles, belicistas, pasivos, incapaces de cambiar el maltrecho mundo que tienen a sus pies.

Nosotros hemos cambiado. En el transcurso forzoso y necesario del tiempo, cualquier segundo, minuto o momento, subyace un cambio, una metamorfosis en todo aquello que es víctima de su huella, de su paso. Uno no puede obviar lo que fue, lo que es y lo que será, ello indicaría que el tiempo no le ha enseñado, no le ha dicho cuál es su camino, no ha sido consciente de lo que le rodea. Una vida sin direcciones, sin virajes, sin meandros, escapa a las leyes naturales del universo. Como todo cambia, todo se mueve, nosotros tenemos y debemos seguir ese movimiento.
Pero sí, hemos cambiado. No como individuos, que también, en la mayoría de los casos, sino como especie. A mejor o a peor, el tiempo se encargará de juzgar. Por lo pronto parece que no estamos en el camino correcto.

Y todo cambia de forma natural, sin impulsos, sin guías. Si algún factor altera o desestabiliza ese continuo fluir, como parece que está ocurriendo, sí, el mundo cambiará, los dioses cambiarán, nosotros cambiaremos, pero por unos cauces que puede que ni el mundo, ni los dioses, ni nosotros sepamos cómo transcurrir por ellos...