viernes, 1 de octubre de 2010

Imagen del transcurso


El mundo ha cambiado. Los dioses han cambiado. Nosotros hemos cambiado. Nuestros hijos cambiarán o están por cambiar. Cuando miramos hacia un lado o hacia otro o alrededor, no sabemos qué estamos viendo, si un mundo perfecto o un mundo imperfecto, si un mundo ordenado o un mundo caótico, si un mundo con futuro o un mundo que ya ve su final ciertamente cerca.

El mundo no es el que era. Si nos retrotraemos, si viajamos en nuestro recuerdo, en nuestra sabiduría sobre él o vivencias en él, veremos que no es el mismo que el de ayer, ni el de anteayer, ni el de hace un año ni siglos. Menos aún que el de hace milenios. Inevitablemente, como parte del universo que es, el mundo, nuestro mundo, cambia. No es estático, no espera el final que erráticamente llega a toda existencia. El tiempo no es ajeno a esto, y se pone manos a la obra para que no sea toda existencia una espera sin más.
El mundo no es es que era, porque el tiempo vive con él. Le enseña, le guía, le manda, le orienta. No, no es el que era ni es lo que será.

Los dioses no son los que eran. Al menos en parte. Siguen siendo crueles, viles, castigadores, pero perdieron la intención de ayudar, de perdonar, de indicar el camino. Las creencias ancestrales eran puras, pías, tenían un poder absoluto.
El Sol, la Luna, la Tierra, el Viento, dioses poderosos, capaces de cambiar el mundo, de castigar pero también de amar, de dar vida, cobijo, alimento. Deidades dignas de adoración, dignas de tributarles pleitesía. Los dioses cambiaron, y son ahora entidades despojadas de bondad, disgregadas de sus fieles, belicistas, pasivos, incapaces de cambiar el maltrecho mundo que tienen a sus pies.

Nosotros hemos cambiado. En el transcurso forzoso y necesario del tiempo, cualquier segundo, minuto o momento, subyace un cambio, una metamorfosis en todo aquello que es víctima de su huella, de su paso. Uno no puede obviar lo que fue, lo que es y lo que será, ello indicaría que el tiempo no le ha enseñado, no le ha dicho cuál es su camino, no ha sido consciente de lo que le rodea. Una vida sin direcciones, sin virajes, sin meandros, escapa a las leyes naturales del universo. Como todo cambia, todo se mueve, nosotros tenemos y debemos seguir ese movimiento.
Pero sí, hemos cambiado. No como individuos, que también, en la mayoría de los casos, sino como especie. A mejor o a peor, el tiempo se encargará de juzgar. Por lo pronto parece que no estamos en el camino correcto.

Y todo cambia de forma natural, sin impulsos, sin guías. Si algún factor altera o desestabiliza ese continuo fluir, como parece que está ocurriendo, sí, el mundo cambiará, los dioses cambiarán, nosotros cambiaremos, pero por unos cauces que puede que ni el mundo, ni los dioses, ni nosotros sepamos cómo transcurrir por ellos...

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