lunes, 27 de diciembre de 2010

El lastre de la ciencia



Ya hablé hace tiempo de algunos de los muchos males y oprobios que la Iglesia ha infligido a la humanidad. Muchas veces me pregunto cómo sería el mundo si no hubiera existido el Cristianismo, en su parte más material quiero decir, esto es, la Iglesia como institución. No hay que atentar nunca contra las creencias de los demás, puesto que en muchos casos son sustento vital para determinadas personas. Es cierto que la religión hace de brújula espiritual para una inmensa cantidad de individuos, y sin ella quizás la vida les sería más errática y carente de sentido. Resumiendo, la religión es necesaria, no para todos, pero sí para casi una gran mayoría.

Desde un punto de vista más subjetivo, creo que una religión ideal es la de uno mismo, nuestra fe, la que nosotros intrínsecamente adquiramos, y no la que nos impongan unos farsantes que sólo viven para el poder y la opulencia. Cada uno debe ser creador de su espiritualidad o de su mística, da igual que adoremos a Dios, Alá, Buda, a Cristiano Ronaldo, a Messi o a David el Gnomo. ¿Qué importa si ello nos colma de paz y esperanza?

Lo que sí está claro, volviendo a la objetividad, es que si hay algo con lo que la religión -especialmente el Cristianismo- a entroncado históricamente es con la ciencia. Tanto es así que probablemente, de no ser por ello, el mundo quizás sería ahora muy diferente al que conocemos -para bien, claro está-. Porque en el periodo más oscuro de la humanidad, la Edad Media, que duró nada más y nada menos que diez siglos, fue el teocentrismo la doctrina que dominó Europa, siendo otras disciplinas marginadas e incluso perseguidas en muchos casos, ejemplos de esto los podemos encontrar en Copérnico o Galileo. Mil años de culto al único Dios impuesto por las autoridades eclesiásticas que sumieron a la población en la ignorancia y en el martirio. Tan sólo eran los clérigos los que se dedicaban al estudio, a la escritura y a la Historia. El pueblo era privado de cualquier posibilidad de estudio, imposibilitando a la ciencia desarrollarse y expandirse. Sólo era permitido el rezo y la sumisión.
Es cierto que las universidades como tales aparecieron en esta época, concretamente en la Alta Edad Media, pero ni mucho menos con una riqueza mínimamente científica. Era el clero quien se encargaba de "enseñar" disciplinas como la imprescindible teología, leyes y algunos rudimentos de astronomía y medicina (!¡).

Intentemos hacer un esfuerzo e imaginarnos cómo sería la civilización occidental si no hubiéramos estado tantos siglos en barbecho intelectual. Quizás ahora existiría una cura para el cáncer. Puede que hubiera una vacuna contra el SIDA e incluso tal vez conoceríamos más del mal de Alzheimer. La carrera científica estaría a años luz de lo que está actualmente. Se habla que de aquí a diez o quince años el cáncer no será ningún problema. Pensemos si esa meta se hubiera conseguido hace tiempo. La ciencia estuvo aprisionada por unas ideas sin sentido, e incluso hoy aquel pensamiento sigue intentando imponer su yugo. La experimentación con células madre son vistas por las esferas eclesiásticas como invento del diablo, y algo contrario a los designios del altísimo (¿?). Esto lo dice todo.

Con todo esto, creo que sin ese periodo de oscurantismo, de opresión y de vileza nuestro mundo sería mucho mejor, más desarrollado por así decir. Pongámonos a imaginar cómo será todo esto tras quinientos años. Así podría ser ahora. Pero ellos consiguieron sus privilegios y su poder a costa de esto. Aquel precio seguimos pagándolo ahora, y quizás durante muchos años más.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El andaluz como estigma verbal

Lo que confiere entidad a una tierra, a una región, a una comunidad, es su acervo cultural. Muchos son los lugares de España que tienen una marcada personalidad regional, y han mantenido sus tradiciones y costumbres desde mucho tiempo atrás. Podemos citar Galicia, Cataluña, País Vasco, Andalucía o Canarias como ejemplos más representativos de esto que hablo.

Todos estos pueblos, han mantenido y mantienen el folclore e idiosincrasia que les ha permitido evolucionar como colectividad en un tierra que les es común. Son las costumbres y las gentes que de ellas son partícipes.
Un rasgo inherente a cada región, que le confiere personalidad y empaque, es sin duda el lenguaje. O si queréis el dialecto o acento, lo mismo da.

El acento es adquirido desde muy temprano en la vida, nace junto a nuestro lenguaje y creo que no debería perderse por estupideces de índole, digamos, estética. Y si hablamos de un acento tildado por muchos como vulgar o tosco, tenemos que hablar del andaluz. Existe un rechazo a la "lengua" andaluza - no sólo por parte de foráneos de la Comunidad o cierto sector político- que es alarmante. En Andalucía, zona donde parece que más mamelucos y pazguatos hay por metro cuadrado, es muy común intentar perder la esencia del habla cuando se intenta ser más culto o más instruido.
Esto se da frecuentemente entre los neohippies o hippy-piji. Seguro que el lector se habrá percatado del habla que normalmente usan los andaluces de esta raza. Nos cruzamos con ellos por la calle y oímos ese dialecto con las eses marcadas forzosamente que suena realmente espantoso. No llego muy bien a comprender el por qué de este intento de renuncia al andaluz por parte de este colectivo, pero alguna explicación lógica tendrá, o no.

Luego están los que creen que el andaluz es un habla menos culta, menos castellana. Hablo de gente que más o menos se dedican a profesiones que tienen la categoría de serias y formales, podría citar literatos, periodistas, profesores, científicos. Esta gente, que tienen una supuesta cultura, hacen esfuerzos para despojarse de esa "lacra" que les subyuga y les impide alcanzar la cima. Prestad atención a presentadores en televisión, a vuestros médicos, profesores o abogados; casi con toda seguridad muy pocos seguirán usando el andaluz. Es contradictorio, pero estos individuos creen haber llegado al clímax lingüístico y a continuación nos espetan un laísmo de espanto. Quedan tan satisfechos, sin la lacra del andaluz pero orgullosos, laísmo incluido. Me pregunto cómo lo harán, cómo se desprende uno de su acento más arraigado. ¿Tendrán profesores? (me imagino: "se ofrece supresor de andaluz, buen precio y resultados excelentes"). No lo sé, o quizás practicarán en casa, con su perro o con su canario.

Una pena que esto suceda. El andaluz no tiene nada de inculto ni de pendenciero. No intentemos abandonarlo únicamente por parecer más distinguidos (ojo, otra cosa es perderlo de forma natural, que a veces pasa). Miremos cómo en los medios a los catalanes se les nota que son catalanes, a los vascos que son vascos y a los gallegos que son gallegos (y sin vergüenza por ello).

viernes, 3 de diciembre de 2010

"La vuelta al mundo en 80 días", la apuesta más famosa de la Historia


Mucho tiempo llevaba un viejo ejemplar de La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne, 1873) en la estantería de mi casa esperando su turno. En una edición antigua, de esas con motivos dorados en la cubierta y el lomo, y con el amarilleo del tiempo en sus hojas, era un clásico que tenía que coger antes o después.

Hace poco me decidí. Antes de comenzar una lectura densa y exigente que sabía que me esperaba con Haruki Murakami, opté por otra que sabía era directa y sencilla.

A nadie se le escapa que Julio Verne fue un visionario y uno de los grandes autores de lo que podríamos llamar ciencia ficción y aventuras. Su obra es conocida por todos, incluso por los no aficionados a lectura y títulos como Viaje al centro de la Tierra (1864), 20.000 leguas de viaje submarino (1869) o 5 semanas en globo (1863) son parte de la memoria colectiva. Igualmente sus novelas han inspirado, con mayor o menor fortuna, varias películas.

Centrándonos en este libro, la historia es sabida por todos, casi desde nuestra infancia gracias a aquella magnífica -y sorprendentemente fiel- serie de dibujos animados que siempre conservaremos en la memoria con gran cariño. Un señor inglés -muy inglés-, Phileas Fog, apuesta con los miembros de su selecto club a que es capaz de dar la vuelta al mundo en 80 días, ni un segundo más, y para ello pondrá sobre la mesa 20.000 libras si no lo consigue. Evidentemente ante tal improbable cosa, sus escépticos amigos aceptan sin dudarlo.

Una de las cosas que más me han llamado la atención y que me parece muy acertada, es la marcada personalidad de Mr. Fog. Además de su flema inglesa llevada casi hasta la exageración, su impasibilidad ante cualquier situación es pasmosa. No se inmuta ante nada, ante ninguno de los múltiples problemas que se le presentan en su difícil viaje, y vemos que esta tranquilidad le sirve a su favor, sin perder la calma porque sabe que siempre hay otra alternativa o solución a su problema. El final le dará la razón. Es un hombre de hábitos estrictos y pocas palabras, lo que hace que su protagonismo esté en un aparente segundo plano.

Su acompañante, que se hace llamar Picaporte, lleva todo el peso narrativo de la historia. Es él el que siempre está en situación. En todos los avatares del viaje siempre está presente, e incluso el relato se separa en varias ocasiones de Phileas Fogg para centrarse en su histriónico compañero. Un personaje que rápidamente el lector hace protagonista y guía del viaje.

Pero Verne no quería que los problemas de Mr. Fogg fueran solamente derivados del viaje, del tiempo o de los retrasos de los transportes. Muy inteligentemente introdujo a un detective que le sigue los pasos con intención de detenerlo debido a un supuesto robo que se había cometido justo antes de partir, y creían como culpable al viajero. Esta "persecución" añade aún más dificultades y complicaciones a la apuesta.

Y también hay chica, claro. La joven que es rescatada cuando iba a ser quemada en una selva de la India. Este personaje creo que debería de haber estado más trabajado y profundizar un poco en él. Apenas interviene en la historia y es sólo al final cuando obtiene un papel un poco más relevante -y hay que decirlo, decisivo-. Es lo que podríamos llamar una mujer florero, que podría haber dado más de sí.

Muy ingenioso, como no podía ser de otra forma si hablamos de Verne, cómo consiguen sortear algunas de las trabas, como cuando sustituyen el tren por un trineo o queman todas las maderas de un barco para obetener el "combustible" que les faltaba. Incluso el elefante hace de extraordinario y casi más efectivo medio de transporte en la selva. Imaginación ante todo.

Una lectura muy amena, divertida y entretenida. Una aventura que incluso un poco más de envergadura no le hubiera venido nada mal. Todo un clásico en la línea de su magnífico escritor. ¿A quién no le gusta Julio Verne?