lunes, 13 de diciembre de 2010

El andaluz como estigma verbal

Lo que confiere entidad a una tierra, a una región, a una comunidad, es su acervo cultural. Muchos son los lugares de España que tienen una marcada personalidad regional, y han mantenido sus tradiciones y costumbres desde mucho tiempo atrás. Podemos citar Galicia, Cataluña, País Vasco, Andalucía o Canarias como ejemplos más representativos de esto que hablo.

Todos estos pueblos, han mantenido y mantienen el folclore e idiosincrasia que les ha permitido evolucionar como colectividad en un tierra que les es común. Son las costumbres y las gentes que de ellas son partícipes.
Un rasgo inherente a cada región, que le confiere personalidad y empaque, es sin duda el lenguaje. O si queréis el dialecto o acento, lo mismo da.

El acento es adquirido desde muy temprano en la vida, nace junto a nuestro lenguaje y creo que no debería perderse por estupideces de índole, digamos, estética. Y si hablamos de un acento tildado por muchos como vulgar o tosco, tenemos que hablar del andaluz. Existe un rechazo a la "lengua" andaluza - no sólo por parte de foráneos de la Comunidad o cierto sector político- que es alarmante. En Andalucía, zona donde parece que más mamelucos y pazguatos hay por metro cuadrado, es muy común intentar perder la esencia del habla cuando se intenta ser más culto o más instruido.
Esto se da frecuentemente entre los neohippies o hippy-piji. Seguro que el lector se habrá percatado del habla que normalmente usan los andaluces de esta raza. Nos cruzamos con ellos por la calle y oímos ese dialecto con las eses marcadas forzosamente que suena realmente espantoso. No llego muy bien a comprender el por qué de este intento de renuncia al andaluz por parte de este colectivo, pero alguna explicación lógica tendrá, o no.

Luego están los que creen que el andaluz es un habla menos culta, menos castellana. Hablo de gente que más o menos se dedican a profesiones que tienen la categoría de serias y formales, podría citar literatos, periodistas, profesores, científicos. Esta gente, que tienen una supuesta cultura, hacen esfuerzos para despojarse de esa "lacra" que les subyuga y les impide alcanzar la cima. Prestad atención a presentadores en televisión, a vuestros médicos, profesores o abogados; casi con toda seguridad muy pocos seguirán usando el andaluz. Es contradictorio, pero estos individuos creen haber llegado al clímax lingüístico y a continuación nos espetan un laísmo de espanto. Quedan tan satisfechos, sin la lacra del andaluz pero orgullosos, laísmo incluido. Me pregunto cómo lo harán, cómo se desprende uno de su acento más arraigado. ¿Tendrán profesores? (me imagino: "se ofrece supresor de andaluz, buen precio y resultados excelentes"). No lo sé, o quizás practicarán en casa, con su perro o con su canario.

Una pena que esto suceda. El andaluz no tiene nada de inculto ni de pendenciero. No intentemos abandonarlo únicamente por parecer más distinguidos (ojo, otra cosa es perderlo de forma natural, que a veces pasa). Miremos cómo en los medios a los catalanes se les nota que son catalanes, a los vascos que son vascos y a los gallegos que son gallegos (y sin vergüenza por ello).

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