martes, 29 de marzo de 2011

El genocidio indígena. La vergüenza española (III)


A uno nunca deja de sorprenderle la crueldad humana. Cualquier acto de hacer sufrir a alguien puede parecer incomprensible en un ser que se le supone poseedor de inteligencia, de saber discernir entre el bien y el mal, de poder elegir ser benevolente o piadoso con el que tiene en frente. Pero si ya la violencia o el castigo es reprobable -mejor decir esta palabra que no otra-, los motivos que llevan a ellos pueden ser aún más fatuos, más inexplicables, más irracionales. Ningún motivo justifica causar daño a nadie, y menos aún, matar. Pero hombres hay mucho, unos cuantos miles de millones, y desgraciadamente la maldad está muy extendida, y es un hecho aún más desgraciado que una mayoría -la gran mayoría- de los que ostentan puestos de poder, de privilegio para con los demás, sean personas infundidas de malicia (parece un requisito básico para llegar ahí).

Durante toda la Conquista, que es a lo que voy, y posteriormente a ella (siempre se dice de las guerras que su posguerra es igual de fatídica), las crueldades perpretadas no tuvieron límites y llegaron a niveles poco soportables incluso para los cronistas de la época. Uno de ellos, Bartolomé de las Casas, que entre otras cosas fue teólogo y obispo, relata en varias de sus obras los métodos que los sádicos colonos infringieron a las gentes del lugar. En una de ellas dice:

"Entraban los españoles en los poblados y no dejaban niños, ni viejos, ni que las mujeres preñadas desbarrigasen, haciéndolos pedazos. Hacían apuestas sobre quién de una cuchillada abría un indio por medio o le cortaba la cabeza de un tajo. Arrancaban a las criaturas del pecho de sus madres y las lanzaban contra las piedras. A los hombres les cortaban las manos. A otros los amarraban con paja seca y los quemaban vivos. Y les clavaban una estaca en la boca para que no se oyeran los gritos. Para mantener a los perros amaestrados en matar, traían muchos indios en cadenas y los mordían y destrozaban y tenían carnicería pública de carne humana... Yo soy testigo de todo esto y de otras maneras de crueldad nunca vistas ni oídas"


Igualmente añade:

"Ellos construyeron una picota lo suficientemente larga como para que los pies pudieran tocar el piso y de esta forma prevenir la estrangulación, y así, los colgaban de a trece indios por vez, en honor a Nuestro Salvador Jesucristo y los doce Apóstoles. [...] después, se ponía paja alrededor de los cuerpos destrozados y eran quemados vivos..."

Podemos contar y ver cómo hay trece cuerdas, no hace falta decir más.

Alguna vez se escuchó decir: "Préstame un cuarto de bellaco de esos para dar de comer a mis perros hasta que yo mate otro". Simplemente escalofriante.
Otro episodio, que creo que debe ser reseñado, habla sobre la muerte de uno de los líderes indígenas, llamado Hautey. Mientras era quemado en la hoguera, preguntó al sacerdote que disfrutaba con el espectáculo, cruz en alto, regocijándose entre la carne quemada, que si haciéndose cristiano iría al cielo. El clérigo le respondió que sí, que por supuesto, puesto que su alma sería purificada (el que no pertenecía a esa religión era un alma sucia, claro). Hautey entonces dijo: "Preferiría ir al infierno antes que ver de nuevo a un cristiano".

Ejemplos tan desgarradores y duros como estos hicieron de aquella represión una de las más crueles e infames de la humanidad. Una época negra como pocas que aún hoy muchos siguen sin creer, no por falta de pruebas históricas, sino por absurdas ideologías y fanatismos.

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