jueves, 26 de mayo de 2011

Tesoros de la memoria


Para la gente sencilla, la que realmente hace que vivir sea verdaderamente satisfactorio, son las cosas pequeñas las que de verdad hacen grandes momentos, las que pueden crear un recuerdo que por su simple belleza, quede grabado en el lugar de nuestra memoria donde se almacena lo que de verdad importa. Muy pocas veces somos conscientes de que esas mínimas acciones, o gestos, o incluso miradas, conforman un marco tan bello que su olvido es algo casi imperdonable.

Sin duda, una de las cosas más excepcionales que podemos ver, es, siempre a mi entender, la sonrisa de un niño. ¿Hay algo más bello y con mayor carga sentimental que esa sonrisa? Ya hablé hace tiempo del amor tan cristalino que emana de los niños, y una sonrisa venida de esa pureza es, por así decir, una gota pura de belleza. Normalmente no reparamos en pararnos y admirar este gesto, ni siquiera en intentar verlo, y si lo vemos lo obviamos y apenas mantenemos la vista en ese pequeño regalo.

Pero es como casi todo en la vida, nunca apreciamos (o casi nunca) las cosas verdaderamente bellas, las importantes de verdad, y perdemos la conciencia del momento vivido. Igual que no saber aprovechar -sentir- los momentos dulces de la vida, igual que no exprimir al máximo el instante con esa persona especial, y tras perder su rastro (o su rostro) nos lamentamos amargamente de no haber apreciado aquello que nos podía haber brindado un momento de felicidad...
Probablemente esta sea una de las causas por la que todos, y digo todos, nos arrepentimos en algún momento de nuestra vida. Pensar en el momento aquel que pudimos disfrutar, vivir, apreciar al máximo y dejamos pasar. Compartir con aquella persona -padres, madres, hijos, amantes- un momento, un instante, y no saber que quizás eso no se repita, puede que por causas que ni imaginamos, una muerte sobrevenida, una separación, una enfermedad.

La vida está llena de pequeños momentos que la dulcifican, la hacen más bella, y son realmente los que adornan la existencia -puede que una existencia amarga, y por ello mucho más importantes-; los que hacen que un momento en principio irrisorio, se convierta con el paso del tiempo -que es el auténtico hacedor de nuestras realidades- en un inmenso tesoro capaz de evocar en nuestra mente ese sentimiento de nostalgia y felicidad pasada, como la sonrisa de un niño...

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