martes, 20 de septiembre de 2011

'La voz dormida', evocando el olvido


Puede que los lectores asiduos, todos o casi todos, le tengamos un cariño especial a ciertos libros. No es que nos hayan gustado mucho más que otros, o que consideremos que su prosa es excepcional, o que su historia sea compleja hasta decir basta. Me refiero a esos libros, que de repente aparecen en nuestras vidas, que no esperábamos de ellos más que un agradable y enriquecedor entretenimiento, y se convierten en un recuerdo indeleble de nuestra memoria, de nuestro yo lector, y por ende, de nuestra vida. El libro que ahora traigo a colación, merece estar entre ese grupo de elegidos, por muchos motivos, pero no adelantemos acontecimientos.

Este no
es un libro al uso. Es un trozo de memoria, un pedazo de sufrimiento de un pueblo que nunca debió vivir un drama como aquel. Una tierra desangrada por una guerra sin sentido, que años después seguía bajo el yugo de los opresores. Y esta obra habla de precisamente sobre eso, sobre unos años atroces condenados a permanecer en carne viva hasta que la memoria decida extirparlos, que los odios y rencores sean enterrados bajo la comprensión de por qué pasó aquello, me refiero, a la Guerra Civil Española. Esto es 'La voz dormida', un manifiesto para no olvidar los sufrimientos y despojar los odios.


Dulce Chacón -muerta prematuramente por un cáncer fulminante de páncreas- traza en sus páginas un relato ameno, simplista, estructurado en cortos capítulos, con un lenguaje sencillo pero sin concesiones. Las vidas de una mujeres encarceladas por el Régimen es el marco en el que la autora nos golpea con la pérdida de la libertad, con las humillaciones y torturas, con la sin razón del odio al que no piensa igual, pero también nos regala esos momentos -pocos- que el ser humano es capaz de encontrar en las situaciones más penosas, y podemos vislumbrar esperanzas, arrebatos de ternura, pequeñas alegrías e ilusiones, ardientes amores y sobre todo anhelo de libertad.
Son sus personajes y sus pensamientos -sus sentimientos- los que consiguen que 'La voz dormida' toque nuestro ser más sensible. Imposible no estar allí con ellas, vivir lo que viven, sufrir lo que sufren. La narración no se acota a los muros de la prisión, igualmente vemos a través de los ojos de los que sufren tanto como ellas, los que se quedan fuera, sus seres queridos que viven el dolor de la pérdida y el miedo. El miedo a decir una simple palabra o hacer un gesto y ser enviados a un interrogatorio, donde las torturas y humillaciones eran el medio para hacer confesar. Sí, el miedo también forma parte de la historia -de nuestra Historia-.
Y no es necesario una descripción explícita de las infames torturas. Sólo con una somera alusión, Chacón, y esto es muy difícil de conseguir, consigue sobrecogernos, atenazarnos el corazón al imaginarnos -y no leerlo- lo que le pudo pasar a "esa que ya está muerta". O el uso de garbanzos para hacer hablar, la autora lo alude de soslayo, sin detalles, y aún así, sentimos un escalofrío. No entra en el estilo de otras novelas que también relatan el horror con una crudeza extrema, como esa demoledora y atroz barbarie relatada con todo lujo de detalles de 'Las benévolas'.

He leído en muchos sitios que es un libro imprescindible. Y lo es. Es un retrato necesario de lo que se vivió en la época más vergonzosa de España, un fragmento de dolor que impregna unas páginas que van más allá de lo narrativo, que ni mucho menos pretende abrir heridas, al contrario, sus líneas son un canto a la paz, pero también al recuerdo. Se dice muchas veces aquello de "hay que olvidar", y claro que hay que olvidar, pero los rencores, los odios por ideologías ridículas, las venganzas, pero jamás debemos olvidar la voces de aquellos que gritaron por un trozo de libertad, por las muertes de sus familias, por las injusticias, voces que quizás hoy, más de sesenta años después, siguen dormidas...

domingo, 18 de septiembre de 2011

Equinocio


Ya ha llegado el otoño. Y con él el fin del calor, del sol abrasador y de los molestos sudores de los que uno no puede huir. Afortunadamente la hoja ya ha empezado a caer, el sol se acuesta antes y el frescor de la mañana huele a humedad, a tierra mojada.
Es el otoño una estación especial, el cambio de color en el paisaje, el tapiz de hojarasca en el suelo, la anciana que asa castañas en la calle, las primeras lluvias...


Es la caída de la hoja el signo inequívoco de que hay un cambio, un viraje hacia lo bucólico, el verano se aleja y da paso a la estación más poética del año. El paisaje que pinta el otoño, con sus tonos ocres, amarillos, rojizos en los maravillosos bosques de hoja caduca, es una invitación a la melancolía y la evocación. Son trazos de colores atemperados por los rayos de sol que bañan la cobertura cobriza con la que se abriga la tierra.


Y sin saber por qué -misterios de la vida-, los meses de octubre y noviembre producen en mí extrañas reminiscencias del pasado, no sé de dónde vienen, ni por qué están en el fondo de mi subconsciente, pero son agradables, líricas e incluso nostálgicas. Puede que sea la conjunción de elementos cromáticos, junto a los olores del alba, sensaciones en nuestra piel o el crujir de esos trozos de naturaleza que acaban bajo nuestros pies.
No acierto a adivinar el motivo de esas sensaciones, pero son un regalo, que cada año, nos brinda la que es sin duda, la época más bella del año.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Una moneda al aire


Una moneda con dos caras. Puede que nuestro paso por el mundo se resuma en algo tan simple, y a la vez tan complejo como eso. Quizás es reducir demasiado una vida entera, pero creo que la definición es fiel a la realidad, y si no fiel, aproximada. Sobre todo para los que tenemos la convicción de que el motor del mundo -y por tanto de todos los que en él vivimos- es el azar, o lo que muchas veces nos obstinamos en llamar erróneamente "suerte". La idea más extendida que se tiene sobre este pensamiento, se apoya en algo tan fantasioso como el destino, y diríase que el 80 ó 90 por ciento de las personas creen a ciegas en que los avatares que suceden en nuestras existencias están escritas en un éter imaginario, un archivo celestial o vaya usted a saber.

Los que no creemos en brujas ni fantasías, y nos apoyamos en la lógica natural de las cosas, aceptar que nuestras dichas y desdichas, las alegrías y las desilusiones, los reveses y las caricias, están preescritas, son preestablecidas, es algo impensable. Opino, y comprendo que pocos compartirán esta opinión, que el camino existencial se rige por azar, casualidades que determinan que un día cruces la calle en mal momento, que escribas los números afortunados en la lotería o veas esa oferta de trabajo que tanto deseabas. Hasta nuestra propia existenta, tal y como somos ahora, al ser humano me refiero, es producto de esto que digo. Ya lo decía Darwin en su teoría sobre el origen de las especies, y que constituyó el golpe mortal a los pensamientos sobre un mundo prefabricado por fuerzas divinas (mortal a muy largo plazo, porque un siglo y medio después aún hay millones -millones, repito- de personas ancladas en el mundo de generación espontánea). Porque decía Darwin, un poco a grosso modo, que las especies evolucionan unas de otras, no aparecen de la nada. ¿Y cuál es el motivo de esas evoluciones, de esos cambios? Por todos es sabido que las mutaciones, alteraciones accidentales en el ADN que si son positivas prevalecen y si son negativas normalmente se eliminan. Estos cambios genéticos no atienden a otra cosa que no sea casual, y por tanto, como decía antes, determinan el mundo. No hay más.

Si nos detenemos un poco, por ejemplo, en el amor (de pareja), ¿no es éste fruto del azar? O mejor dicho, su encuentro. Si obviamos el "amor" de "este mismo porque no hay otro", y nos centramos en el de verdad, que ya sí es más escaso, ¿de qué depende su hallazgo? Pues de cruzarnos con esa persona, en ese instante y en ese lugar. ¿No es esto casual? Si hubiéramos ido a otro sitio, si no hubiésemos mirado en esa dirección, si nos hubiéramos encontrado en el camino a un amigo y cambiado de planes, ese encuentro no se hubiera producido. ¿Destino?
Incluso si atendemos a lo más importante que podemos poseer -aunque sólo seamos conscientes de ello cuando nos falta-, que es la salud, también mira a razones azarosas. Ese contagio por estar en el sitio inadecuado y con la persona infecciosa, el cáncer que es como una macabra lotería, el choque fortuito con el coche que puede dejarnos secuelas de por vida, igualmente todo esto está supeditado a la casualidad.

Evidentemente podemos influir en cierta manera en que ese azar nos favorezca, con los consabidos esfuerzos, búsquedas de fortuna, "fe" y similares, pero esto no es ni mucho menos determinante en la obtención o pérdida de nuestros anhelos y deseos, y si no preguntemos a esos desdichados, puede que con una familia detrás, que por más que hacen, buscan e incluso rezan no pueden seguir adelante, golpeados por algo que escapa a sus posibilidades de influir en ello.

Volviendo a lo que decía en la frase que abría el artículo, esa moneda que es la vida, puede ser que estemos continuamente lanzándola, y que unas veces salga cara y otras cruz, esto es lo más habitual. Pero tembién se dan casos extremos, y en absoluto parecidos. Hay a quien la eternidad le concede caras infinitas, otorgándole una vida plena, sin fisuras (salvo las establecidas por los preceptos obligatorios de la existencia, esto es, muertes, enfermedades, etc). Y hay quien continuamente ve una cruz, una cruz que se resiste a virar y por más veces que lancemos la inmutable moneda siempre se obtiene el mismo resultado. Con esto, también hay que aprender a vivir...