jueves, 8 de septiembre de 2011

Una moneda al aire


Una moneda con dos caras. Puede que nuestro paso por el mundo se resuma en algo tan simple, y a la vez tan complejo como eso. Quizás es reducir demasiado una vida entera, pero creo que la definición es fiel a la realidad, y si no fiel, aproximada. Sobre todo para los que tenemos la convicción de que el motor del mundo -y por tanto de todos los que en él vivimos- es el azar, o lo que muchas veces nos obstinamos en llamar erróneamente "suerte". La idea más extendida que se tiene sobre este pensamiento, se apoya en algo tan fantasioso como el destino, y diríase que el 80 ó 90 por ciento de las personas creen a ciegas en que los avatares que suceden en nuestras existencias están escritas en un éter imaginario, un archivo celestial o vaya usted a saber.

Los que no creemos en brujas ni fantasías, y nos apoyamos en la lógica natural de las cosas, aceptar que nuestras dichas y desdichas, las alegrías y las desilusiones, los reveses y las caricias, están preescritas, son preestablecidas, es algo impensable. Opino, y comprendo que pocos compartirán esta opinión, que el camino existencial se rige por azar, casualidades que determinan que un día cruces la calle en mal momento, que escribas los números afortunados en la lotería o veas esa oferta de trabajo que tanto deseabas. Hasta nuestra propia existenta, tal y como somos ahora, al ser humano me refiero, es producto de esto que digo. Ya lo decía Darwin en su teoría sobre el origen de las especies, y que constituyó el golpe mortal a los pensamientos sobre un mundo prefabricado por fuerzas divinas (mortal a muy largo plazo, porque un siglo y medio después aún hay millones -millones, repito- de personas ancladas en el mundo de generación espontánea). Porque decía Darwin, un poco a grosso modo, que las especies evolucionan unas de otras, no aparecen de la nada. ¿Y cuál es el motivo de esas evoluciones, de esos cambios? Por todos es sabido que las mutaciones, alteraciones accidentales en el ADN que si son positivas prevalecen y si son negativas normalmente se eliminan. Estos cambios genéticos no atienden a otra cosa que no sea casual, y por tanto, como decía antes, determinan el mundo. No hay más.

Si nos detenemos un poco, por ejemplo, en el amor (de pareja), ¿no es éste fruto del azar? O mejor dicho, su encuentro. Si obviamos el "amor" de "este mismo porque no hay otro", y nos centramos en el de verdad, que ya sí es más escaso, ¿de qué depende su hallazgo? Pues de cruzarnos con esa persona, en ese instante y en ese lugar. ¿No es esto casual? Si hubiéramos ido a otro sitio, si no hubiésemos mirado en esa dirección, si nos hubiéramos encontrado en el camino a un amigo y cambiado de planes, ese encuentro no se hubiera producido. ¿Destino?
Incluso si atendemos a lo más importante que podemos poseer -aunque sólo seamos conscientes de ello cuando nos falta-, que es la salud, también mira a razones azarosas. Ese contagio por estar en el sitio inadecuado y con la persona infecciosa, el cáncer que es como una macabra lotería, el choque fortuito con el coche que puede dejarnos secuelas de por vida, igualmente todo esto está supeditado a la casualidad.

Evidentemente podemos influir en cierta manera en que ese azar nos favorezca, con los consabidos esfuerzos, búsquedas de fortuna, "fe" y similares, pero esto no es ni mucho menos determinante en la obtención o pérdida de nuestros anhelos y deseos, y si no preguntemos a esos desdichados, puede que con una familia detrás, que por más que hacen, buscan e incluso rezan no pueden seguir adelante, golpeados por algo que escapa a sus posibilidades de influir en ello.

Volviendo a lo que decía en la frase que abría el artículo, esa moneda que es la vida, puede ser que estemos continuamente lanzándola, y que unas veces salga cara y otras cruz, esto es lo más habitual. Pero tembién se dan casos extremos, y en absoluto parecidos. Hay a quien la eternidad le concede caras infinitas, otorgándole una vida plena, sin fisuras (salvo las establecidas por los preceptos obligatorios de la existencia, esto es, muertes, enfermedades, etc). Y hay quien continuamente ve una cruz, una cruz que se resiste a virar y por más veces que lancemos la inmutable moneda siempre se obtiene el mismo resultado. Con esto, también hay que aprender a vivir...

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