viernes, 28 de octubre de 2011

Vida de lidia

Hay vidas desgraciadas. Siempre las ha habido y siempre las habrá. Y no precisamente debido a la criminal crisis que sufrimos, que también. Vidas cuya existencia no valen un ardite. Y normalmente estas existencias errantes pertenecen a personas nobles, de gran espíritu y de sentimientos altivos. Jamás comprenderé el porqué, pero es así.
Y al ver cómo hay gente cuya vida va dando tumbos, sin conseguir ni siquiera una migaja de fortuna por muchos años que pasen y esfuerzos -a veces sobrehumanos- que hagan, sin obtener de su tránsito vital poco más que miserias y ruindad, no puedo evitar pensar en la comparación, quizás un poco exagerada o rebuscada, lo sé, con lo que le ocurre a un toro en la plaza donde va a morir.
Porque nada más salir al ruedo, ya lleva el condenado una divisa clavada, para ir abriendo boca. Los primeros compases de la faena -de la vida- son unos capotazos para mermar la vitalidad que exulta. Poco a poco su fuerza se va apagando, pero aún tiene arrestos para proferir embites Y así, para reducir la energía que pueda tener para seguir embistiendo -viviendo-, es picado con una lanza de gruesa punta, no una, ni dos, ni tres veces, sino en repetidas ocasiones. El animal ya empieza a sangrar, a verter su fluido vital a borbotones. Se continúa con unos muletazos reduciendo aún más las capacidades del noble animal. Uno por aquí, otro por allí, todo un espectáculo.
Le siguen las banderillas. Auténticos arpones, incrustados a pares en el ser del astado. Sus heridas ya son lacerantes, y a cada movimiento, se van abriendo más y más, al seguir clavadas en su espalda hasta 6 puyas. Un movimiento, otro y otro, y la sangre escapando sin remisión. La llama, al principio tan ardiente, se consume poco a poco. Por último, una estocada, limpia, certera, directa. El toro cae, aterida su alma, destrozado su cuerpo, sin saber porqué.
Y cuando ya ha caído, cuando ya es imposible recuperar su imponente fuerza primigenia, cuando ha sido humillado, cuando ha mordido el polvo, con el corazón cercenado por el acero, llega, irremediablemene, la puntilla.
Sí, siempre hay una puntilla. Cuando no crees que la situación puede ser peor, cuando en la oscuridad no caben más sombras, cuando no tienes más sangre que ofrecer, la puntilla penetra en tu ser hasta conseguir arrancarte el último estertor, hasta que no puedas levantarte por más asideros que te presten.
Sí, todo puede ir a peor. Siempre.

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